Trabajar en Mina Ajedrez supone adaptarse a un tiempo y a un entorno muy distintos a los de la vida cotidiana. La altura, el clima y la convivencia permanente en campamento marcan el ritmo de las jornadas, donde la organización, la planificación y el trabajo en equipo resultan tan importantes como la tarea técnica.
Lautaro Arrúa forma parte del equipo que desarrolla sus actividades en la mina y describe cómo es el día a día en uno de los entornos más exigentes del país.
Una rutina marcada por la altura y el clima
La jornada comienza temprano. “El día arranca a las 6.30 con el desayuno y a las 7 ya estamos iniciando las actividades en la planta de lavado, que se encuentra a unos tres kilómetros del campamento”, explica Arrúa. El trabajo se extiende hasta el mediodía, con una pausa para almorzar y descansar, y luego continúa hasta las 19.
Tras la merienda, llega un momento clave para bajar el ritmo. “Algunos aprovechan para hacer actividad física, otros para descansar, comunicarse con sus familias o simplemente desconectar”, cuenta. La cena es a las 21 y, después, la mayoría se retira a descansar a sus habitaciones. En un contexto de altura y exigencia física, el descanso forma parte esencial del trabajo.
Adaptarse a un entorno exigente
Uno de los principales desafíos es la adaptación constante. “El clima, el aislamiento y el impacto de la altura en el cuerpo condicionan mucho el día a día”, señala Arrúa. No es inusual despertarse sin agua por el congelamiento de cañerías o atravesar momentos sin comunicación debido a los fuertes vientos. Las lluvias, además, pueden afectar los caminos y complicar la logística.
A nivel físico, la altura se hace sentir. “Cualquier esfuerzo implica agitarse más rápido o quedarse sin aire”, explica. Por eso, la planificación resulta clave, tanto en lo operativo como en lo cotidiano: prever repuestos, combustible, filtros, alimentos y medicamentos. “En este contexto, no planificar con precisión puede generar serias dificultades”.
Seguridad, respeto y objetivos compartidos
La seguridad ocupa un lugar central en el trabajo diario. “Nos cuidamos entre todos en cada tarea que realizamos”, afirma Arrúa. Junto con la seguridad, el respeto y el compañerismo sostienen la convivencia.
Si bien no existen horarios de descanso rígidos, hay acuerdos implícitos que ordenan la vida en campamento. “La mayoría se acuesta alrededor de las 22 y hay mucho respeto por el descanso del otro, evitando ruidos o interrupciones”, señala. Todos comparten la conciencia de que el cumplimiento de los objetivos depende del compromiso individual y del funcionamiento del grupo.
Espacios para el descanso y la recreación
Además del trabajo, el campamento cuenta con espacios destinados a la recreación y al cuidado físico. Hay un sector equipado con mesa de ping pong, televisión y aparatos para entrenamiento, y, en las inmediaciones, una cancha de fútbol 7 iluminada que se utiliza como espacio de encuentro.
“Estos momentos ayudan a distenderse, hacer actividad física y recargar energías”, explica Arrúa. En un entorno aislado, esos espacios cumplen un rol fundamental para sostener el equilibrio físico y emocional.
La importancia de la camaradería
La convivencia permanente fortalece los vínculos. “Compartimos más tiempo con nuestros compañeros que con nuestras propias familias”, dice Arrúa. En ese contexto, la camaradería se vuelve un sostén cotidiano.
“En situaciones difíciles o ante problemas personales, el apoyo principal viene del compañero de confianza. Eso genera lazos muy fuertes”, agrega. La vida en mina transforma al equipo en una red de apoyo constante.
Un día, todas las estaciones
Si hay una imagen que sintetiza la experiencia en Mina Ajedrez, es la del clima cambiante. “En una misma jornada se pueden atravesar prácticamente todas las estaciones del año”, relata Arrúa. El día puede comenzar con temperaturas bajo cero, continuar con un mediodía caluroso que obliga a usar protector solar, atravesar vientos intensos y finalizar con agua nieve.
Esa variabilidad permanente exige atención, flexibilidad y capacidad de adaptación.
Aprendizajes que trascienden el trabajo
La experiencia deja aprendizajes profundos. “Uno aprende a adaptarse físicamente, a planificar mejor y a valorar recursos que en la ciudad damos por sentados”, reflexiona Arrúa. En la mina, la seguridad propia y la de los compañeros se vuelve una prioridad absoluta.
La distancia resignifica también los vínculos personales. “La familia siempre está presente, pero en estos lugares se la extraña y se la valora aún más”, señala. A nivel personal, destaca el fortalecimiento del carácter, el desarrollo de la resiliencia y el aprendizaje que surge de convivir con personas de distintas provincias y culturas.
El valor del equipo
Al mirar el conjunto, Arrúa subraya lo que más valora del equipo: el esfuerzo, el compromiso, la responsabilidad y el respeto mutuo. Pero, sobre todo, los vínculos que se construyen a partir del tiempo compartido.
En Mina Ajedrez, el trabajo en altura no se sostiene solo con técnica y planificación. Se sostiene, principalmente, en las personas.

